jueves, 7 de junio de 2012

CECILIO PANIAGUA Y JESÚS DE PERCEVAL


Postal enviada Al precioso Pintor Jesús de Perceval por los cineastas Cecilio Paniagua, Folco Lulli y Pinillo.  Noya, 1957.
Artículo publicado en el diario "La Voz de Almería", de 9 de diciembre de 2000.

En una espléndida sesión conti­nua ve Almería sucederse eventos re­lacionados con el séptimo arte. Es  nuestra tierra, como bien pregona el slogan, tierra de cine, porque es precisamente eso, su tierra, lo que prestó como decorado para la recreación de títulos paisajes lejanos en los que se desarrollaron distantes escenas. Por sus ramblas, terrera y collados, tronaron los tiros y las cabalgadas de los héroes del cine del Oeste, en una especial versión que le valió el gastronómico calificativo de spaghetti western.

Por lo mismo que a aquel cínico pistolero, acogía esta tierra al miste­rioso árabe, al metálico romano o al belicoso yanqui:.. Y para hacer de unos y de otros vinieron los más so­nados actores de la época. Mientras los nativos se tenían que contentar con el papel del extra: atacar o huir, sentirse héroes y hasta fingirse muer­tos a cambio de unos dinerillos y siempre tras el disfraz, sumido en un anonimato del que era imposible sa­lir.

El almeriense, como tantas veces, seguía sin ser protagonista de su his­toria. Por eso resulta gratificante contar entre los "nuestros" con alguien del Cine que hubiera trabajado des­de el corazón mismo de este hecho artístico.
Y esté es el caso de Cecilio Pa­niagua (Terque 1912- Madrid 1979). Entrar yo en la biografía de este mag­nífico director de fotografía cinema­tográfica resulta, amén de lo impos­ible por mis escasos conocimientos sobre su trayectoria personal y pro­fesional, ocioso, pues a ello se vienen dedicando en estos días los conoce­dores de su obra.

Sólo pretendo dar unas notas so­bre sus inicios y su relación con Je­sús de Perceval, su amigo, otro ilus­tre de la tierra que también estuvo ­aunque con menos intensidad en el corazón de Cine y con el que man­tiene un paralelismo en su actividad artística.

Sabemos que Cecilio recibió la afición de su tío, según nos atestigua el hijo de éste, José Paniagua. El origen del interés por la fotografía en Perceval es algo que no se puede precisar. Lo cierto es que Jesús tenía nueve o diez años cuando se intere­só por una cámara fotográfica, con tanto empeño y rabietas que al fin vino una de Londres, entre el equi­paje de su tío Giussepe Benedetto Maresca.

Niñez
Su preocupación por la fotografía era ya patente en su niñez, como pude comprobar entre las fotos que de aquella época vi en su estudio: mu­chas manifestando ya la búsqueda de efectos artísticos, entre  otras estrictamente familiares.

Es de suponer que con la dife­rencia de dos años -mucha cuando se tienen pocos- debió Cecilio contri­buir a la reafirmación de Perceval en su interés por la fotografía, si es que no es a él a quien se lo debe. El caso es que ambos se interesaban por sus respectivos quehaceres intercambiándose cuadros, pues Paniagua era también admirable acuarelista.

Las fotografías expuestas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1931 constituyen un éxito
que abrirá a Cecilio el mundo del Cine, una puerta en que jamás había pensado, y por la que entró aquel mismo año con Saudade, un documental de Car­los de Velo.

Paralelismo
Si Paniagua fue alumno de la Es­cuela de Artes, debió terminar con lógica anterioridad a su amigo Perceval. En aquel edificio de la calle Ja­vier Sanz -hoy instituto Celia Viñas- con­currirán juntos a la Exposición de Bellas Artes de 1934, en la que triun­farán: uno con la medalla de oro en Fotografía y otro con el premio del Presidente de la República. Llevó Pa­niagua dos fotos: un chiquillo viva­racho y greñudo y una vieja de velo negro y mirada interrogante. Perce­val dos óleos con tipos grotescos, uno de ellos acompañado al autorretrato del autor, que entonces andaba en su época de influencia zuluaguesca.

La dichosa Guerra les sorpren­dió en bandos distintos; Cecilio en Jerez -donde montó un estudio y lle­vó a cabo numerosos documentales­ y Jesús en Madrid, con unos anar­quistas con los que hizo el viaje a Va­lencia en un soberbio coche requi­sado a no sé qué duque, y ¡rodando documentales en el trayecto!

Las fotos y el cine documental que Jesús Perceval rodó en Valencia, sede del gobierno republicano, se perdieron por razones obvias y pien­so que jamás aparecerán. Más facti­ble se me antoja la recuperación del documental Mojácar que rodó, con guión suyo, con el productor Sobrado de Onega y el operador Andrés Pérez Cubero. Era -decía el propio Je­sús- la primera vez que se recogían para el cine los montes de Tabernas.

Sierra Maldita
Corría el año 1939. Y faltaban 15 años para que se rodara Sierra Maldita, la primera de las películas de Almería. Después vendría Almería y la uva, otro documental suyo rodado el mismo año de Una herencia en París, el primer largometraje de Paniagua (1940).

Por aquellos años llevó Jesús a cabo, animado por Juan Aparicio y José Miguel Naveros, infinidad de reportajes fotográficos por los pueblos y la Chanca, documentos que aún hoy sobrecogen por las condiciones en que plasman a las gentes que retratan.

Luego fue, en 1956, uno de los primeros colaboradores de AFAL... y siempre un activo en la fotografía, cuyo proceso lo realizaba completo, desde la toma en una de sus muchas máquinas al revelado en su labora­torio, una labor intensa si pensamos en el tiempo que otros proyectos le demandaban; una faceta de este artista que está por estudiar, velada en un segundo plano por su actividad pictórica, en la que tanto destacó.

El paralelismo de que les hablé se da, incluso, en el acierto al crear símbolos que, aunque distantes en el mensaje, lograron conectar con la gente. Y si no piensen en la botella de Tío Pepe vestido de flamenco, obra de Paniagua, o en el Indalo de Perceval. Jesús no dejó jamás de prac­ticar la fotografía; imagino que lo mismo ocurriría con Cecilio en cuan­to a la acuarela y al dibujo. Los dos artistas jugaban con ventaja para ha­cer incursiones con éxito en sus res­pectivos campos. Sabían mucho de luces, de sombras y de composición. Quizás por eso congeniaron tanto.
José Luis Ruz