lunes, 5 de diciembre de 2011

PRESENCIA. POEMAS DE TRINA DE LA CÁMARA

Trina de la Cámara. Dibujo al grafito, del natural por José Luis Ruz. Almería ,1971

PRESENCIA. POEMAS DE TRINA DE LA CÁMARA

Introducción de José Luis Ruz al libro de Poemas de Trina de la Cámara Presencia, ed. Graf. Gutenberg, Almería, 1996.


"Trina de la Cámara escribe desde siempre. Desde que en casa le comenzaran a llenar de versos su infancia. De unos versos de los poetas de siempre, que doña Carmen, su madre, sabía como nadie sentir y recitar. Niña soñadora, creció feliz en la huerta familiar de los Cámara. Allí vivió su particular universo, rodeada de plantas, de animales, de una naturaleza por la que siempre sintió irresistible atracción y que está constantemente presente en su extensa obra poética, en sus relatos y cuentos.

Guía sus primeros pasos Sofía Nestares, poetisa granadina, pulcra y medida, que le corrige y orienta, tratando siempre de edu­carla en la métrica y en la ortodoxia rítmica. Pero Trina optará por una rima poética libre y personal. Buscará la inspiración en la lectura de San Juan de la Cruz, de Rabindranath Tagore y Juan Ramón Jiménez, dejando entrever en sus primeros ver­sos la influencia de Federico García Lorca, cuya lectura fue una de las primeras "desobediencias" a los consejos de Sofía, de la que -sin dejar de profesarle auténtica devoción- se fue apartando poéticamente.

Son los de Trina, versos llenos de ternura, entrañables y sen­tidos. Mientras unos reflejan pura mística, otros expresan el senti­miento de lo cotidiano. Algunas alegrías y las tristezas. La tristeza inmensa que desprenden sus versos ante la pérdida de su primogé­nita, o la de su anhelado hijo varón a solo unos instantes de su alumbramiento...

Amiga de poetas y escritores, ha compartido inquietud poética y amistad con Jesús Campos, Diego Fernández Collado, Carmen Gar­cía Bervel, José Andrés Díaz, María Yélamos, Antonio Manuel Campoy, gozando su obra de la estima y valoración de Sotomayor, Manolo el Pollero, Gerardo Diego y Lauro Olmo, al que, por cierto, oí un día comentar que no se explicaba cómo guardaba Trina, con tan raro celo, sus escritos. No sé qué timidez, qué extraña modestia, le ha llevado a mante­ner en la sombra, a velar, su capacidad creadora, algo a lo que sin duda habrá contribuido, también, la enorme personalidad de su céle­bre marido, Jesús de Perceval.

Repasando sus manuscritos, vemos cómo a veces ilustra sus versos con unos dibujos líricos, bucólicos, con escenas amorosas o maternales actitudes. Y es que Trina es, también, artista plástica. Otra faceta suya poco conocida, e igualmente oculta, que cuando, en raras ocasiones, ha salido a la luz ha sido altamente valorada, tal como sucedió cuando el hermoso dibujo que concurrió a la exposición nacional Corpus de Granada 1942, obtuvo, en reñida competencia, el primer premio y la medalla de oro.

Ahora, a hurtadillas, sin su consentimiento, su hija Carmen le publica el puñado de poesías que hemos elegido y que componen este libro. Para más adelante se prometen otras. Esperemos que entonces vean la luz con su beneplácito, pues no nos parece justo que nos prive de ellas. Que no nos escatime los frutos de su sensibi­lidad. Tal como ella misma, en uno de sus poemas pide al árbol:                   
        Deja sembrar tus hojas esparcidas,
        no quieras retener lo que te prestan
        que el árbol no es el dueño de la vida."




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