miércoles, 25 de marzo de 2015

LOS AÑOS VIVIDOS


 Presentación por parte de José Luis Ruz Márquez del libro "Los  años vividos", de Eduardo del Pino Vicente, en el Teatro Apolo de Almería,  la tarde del 17 de diciembre de 2013. Ref. al día siguiente diario La Voz de Almería, p.30.     
                                                                                                 
Contaba mi bisabuela María Agustina, centenaria, que había oído referir a su abuela María Antonia que siendo ella niña presenció como la villa sevillana de Aguadulce se despoblaba cada vez que de Sevilla a Granada o viceversa, pasaba algún cuerpo del ejército napoleónico. En los ribazos del cercano Camino Real tomaba asiento todo un pueblo que, curioso y divertido, y en ocasiones con las meriendas, se admiraba de aquella tropa, de la vistosidad de sus uniformes y, sobre todo, de su manera de responder a sus saludos: “chau”, “chau”, “chau” -contaba que decían- en una interpretación libre, pero que muy libre, del idioma francés.

Aunque este relato no deja de ser algo ingenuo e irrelevante tuvo, sin embargo, la virtud de despertar en mí la primera de mis muchas dudas sobre la Historia.

¿Cómo casaba esto con lo que yo había comenzado a aprender en los libros?
¿Qué tenían que ver la catalana Agustina de Aragón disparando el cañón o la madrileña Malasaña blandiendo sus temibles tijeras, enfrentadas a muerte a los franceses, con la actitud de aquel pueblo que salía, divertido, al camino para verlos y aún saludarlos?
Es evidente que aquellos héroes de los libros poco o nada tenían que ver con mis retatarabuelos a los que acabé situando más cerca de las amables meriendas de la Pradera de San Isidro que de la Carga de los Mamelucos contra el pueblo de Madrid.

Ambas partes, no obstante, vivían una misma época y una misma nación pero no ocupaban el mismo lugar por muy cerca que estuvieran y por mucho que se complementaran. Y es que hay una Historia, la grande, la narrada por sesudos cronistas y en la que tienen su asiento los reyes, los héroes, los políticos y las batallas, mientras existe otra, discreta y cercana, que se encarga de contar la vida cotidiana de la gente sencilla.

Y aquí entra nuestro amigo Eduardo. Eduardo del Pino, ya hace años que, para nuestra suerte, optó por dedicarse a la historia entrañable y familiar, útil para complementar la grande y, sobre todo, utilísima para el regocijo de nuestros corazones.

Nadie como él para buscar los testimonios de la gente de a pie, de ponerlos en valor y orden y transmitirnos de modo ameno el relato de la vida de unos almerienses sencillos y a veces heterodoxos a los que viene brindando -desde 2008 en que empezó a reinar en la última página de la Voz de Almería- un homenaje sentido y respetuoso.

Nos habla de los niños, hasta bien talluditos mantenidos en la minoría de edad, gracias a los pantalones cortos, y siempre sometidos a la disciplina: con las guantás del Colegio Diocesano o el punterazo y coscorrón de la escuela de barrio de don José  el Aceitero.

Nos narra la sorprendente inquietud deportiva de los Bisbal: seis hermanos y todos boxeadores.
Se ocupa de la llegada de la Vespa y de la envidia que esta moto suscitó en unos años de penuria económica en la que las carencias imponían un modo de vida que reducía la diversión de los jóvenes a pasear por el Paseo y por el Faro, entretenimiento tan poco costoso como el que constituía “el consuelo de los novios pobres”: “ir a ver escaparates”.
Nos describe la vida -envidiable para los jóvenes de entonces- de Manuel el de las Caravanas, el vigilante de los auto-camerinos de rodaje, el único que podía entrar en la intimidad de los grandes actores y actrices de cine que entonces recalaban por nuestra tierra

Pero es tan poco convencional Eduardo en la elección de sus homenajeados que no solo repara en las personas sino que a veces pone sus ojos en sus animales de compañía; y así rinde homenaje a Oska, el perro del Habichuela, siempre orgulloso de ver a su amo vestido de hombre-anuncio de las salas de cine, cuando ya los rodajes en que intervenía a menudo habían pasado a mejor vida, llevándose su medio de subsistencia.

Y como estas, infinidad de historias. Todas interesantes y siempre ilustradas por unas magníficas fotos que no solo ponen cara a los biografiados sino que, frecuentemente, muestran en sus fondos unos paisajes urbanos ya desaparecidos con lo que se convierten en testigos del maltrato que se ha dado a nuestro casco histórico… y sirva de ejemplo la foto de portada del libro que hoy presentamos: el barquillero y su pequeño cliente en el Paseo, captada ante Correos, un edificio que no debió desaparecer jamás.

Campo este el de la fotografía, en el que Eduardo nos ha conseguido en esta ocasión dos auténticas “exclusivas”: la única foto del famoso Fuego-Vivo, hecha de joven cuando era zapatero de profesión y aún no deambulaba por Almería; y un Luis el de los Perros, retratado por el hijo de Antonio Pérez Iglesias, el pastelero del Barrio Alto.

Eduardo no para. Su capacidad investigadora y su constancia le han llevado a publicar con enorme éxito “Almería, Memoria Compartida” (2011) y “Almas de Barrio” (2012). Ahora un nuevo libro de la colección Memoria, “Los años vividos” está esperando a que lo acojamos en nuestras bibliotecas…
….
Sentémonos en el ribazo del Camino Real y disfrutemos viendo pasar ante nosotros, no soldados ni cañones, sino la vida misma de nuestra ciudad de Almería de la mano de Eduardo del Pino Vicente, ilustre historiador de la gente sin historia.



                                                                                             


jueves, 7 de junio de 2012

CECILIO PANIAGUA Y JESÚS DE PERCEVAL


Postal enviada Al precioso Pintor Jesús de Perceval por los cineastas Cecilio Paniagua, Folco Lulli y Pinillo.  Noya, 1957.
Artículo publicado en el diario "La Voz de Almería", de 9 de diciembre de 2000.

En una espléndida sesión conti­nua ve Almería sucederse eventos re­lacionados con el séptimo arte. Es  nuestra tierra, como bien pregona el slogan, tierra de cine, porque es precisamente eso, su tierra, lo que prestó como decorado para la recreación de títulos paisajes lejanos en los que se desarrollaron distantes escenas. Por sus ramblas, terrera y collados, tronaron los tiros y las cabalgadas de los héroes del cine del Oeste, en una especial versión que le valió el gastronómico calificativo de spaghetti western.

Por lo mismo que a aquel cínico pistolero, acogía esta tierra al miste­rioso árabe, al metálico romano o al belicoso yanqui:.. Y para hacer de unos y de otros vinieron los más so­nados actores de la época. Mientras los nativos se tenían que contentar con el papel del extra: atacar o huir, sentirse héroes y hasta fingirse muer­tos a cambio de unos dinerillos y siempre tras el disfraz, sumido en un anonimato del que era imposible sa­lir.

El almeriense, como tantas veces, seguía sin ser protagonista de su his­toria. Por eso resulta gratificante contar entre los "nuestros" con alguien del Cine que hubiera trabajado des­de el corazón mismo de este hecho artístico.
Y esté es el caso de Cecilio Pa­niagua (Terque 1912- Madrid 1979). Entrar yo en la biografía de este mag­nífico director de fotografía cinema­tográfica resulta, amén de lo impos­ible por mis escasos conocimientos sobre su trayectoria personal y pro­fesional, ocioso, pues a ello se vienen dedicando en estos días los conoce­dores de su obra.

Sólo pretendo dar unas notas so­bre sus inicios y su relación con Je­sús de Perceval, su amigo, otro ilus­tre de la tierra que también estuvo ­aunque con menos intensidad en el corazón de Cine y con el que man­tiene un paralelismo en su actividad artística.

Sabemos que Cecilio recibió la afición de su tío, según nos atestigua el hijo de éste, José Paniagua. El origen del interés por la fotografía en Perceval es algo que no se puede precisar. Lo cierto es que Jesús tenía nueve o diez años cuando se intere­só por una cámara fotográfica, con tanto empeño y rabietas que al fin vino una de Londres, entre el equi­paje de su tío Giussepe Benedetto Maresca.

Niñez
Su preocupación por la fotografía era ya patente en su niñez, como pude comprobar entre las fotos que de aquella época vi en su estudio: mu­chas manifestando ya la búsqueda de efectos artísticos, entre  otras estrictamente familiares.

Es de suponer que con la dife­rencia de dos años -mucha cuando se tienen pocos- debió Cecilio contri­buir a la reafirmación de Perceval en su interés por la fotografía, si es que no es a él a quien se lo debe. El caso es que ambos se interesaban por sus respectivos quehaceres intercambiándose cuadros, pues Paniagua era también admirable acuarelista.

Las fotografías expuestas en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1931 constituyen un éxito
que abrirá a Cecilio el mundo del Cine, una puerta en que jamás había pensado, y por la que entró aquel mismo año con Saudade, un documental de Car­los de Velo.

Paralelismo
Si Paniagua fue alumno de la Es­cuela de Artes, debió terminar con lógica anterioridad a su amigo Perceval. En aquel edificio de la calle Ja­vier Sanz -hoy instituto Celia Viñas- con­currirán juntos a la Exposición de Bellas Artes de 1934, en la que triun­farán: uno con la medalla de oro en Fotografía y otro con el premio del Presidente de la República. Llevó Pa­niagua dos fotos: un chiquillo viva­racho y greñudo y una vieja de velo negro y mirada interrogante. Perce­val dos óleos con tipos grotescos, uno de ellos acompañado al autorretrato del autor, que entonces andaba en su época de influencia zuluaguesca.

La dichosa Guerra les sorpren­dió en bandos distintos; Cecilio en Jerez -donde montó un estudio y lle­vó a cabo numerosos documentales­ y Jesús en Madrid, con unos anar­quistas con los que hizo el viaje a Va­lencia en un soberbio coche requi­sado a no sé qué duque, y ¡rodando documentales en el trayecto!

Las fotos y el cine documental que Jesús Perceval rodó en Valencia, sede del gobierno republicano, se perdieron por razones obvias y pien­so que jamás aparecerán. Más facti­ble se me antoja la recuperación del documental Mojácar que rodó, con guión suyo, con el productor Sobrado de Onega y el operador Andrés Pérez Cubero. Era -decía el propio Je­sús- la primera vez que se recogían para el cine los montes de Tabernas.

Sierra Maldita
Corría el año 1939. Y faltaban 15 años para que se rodara Sierra Maldita, la primera de las películas de Almería. Después vendría Almería y la uva, otro documental suyo rodado el mismo año de Una herencia en París, el primer largometraje de Paniagua (1940).

Por aquellos años llevó Jesús a cabo, animado por Juan Aparicio y José Miguel Naveros, infinidad de reportajes fotográficos por los pueblos y la Chanca, documentos que aún hoy sobrecogen por las condiciones en que plasman a las gentes que retratan.

Luego fue, en 1956, uno de los primeros colaboradores de AFAL... y siempre un activo en la fotografía, cuyo proceso lo realizaba completo, desde la toma en una de sus muchas máquinas al revelado en su labora­torio, una labor intensa si pensamos en el tiempo que otros proyectos le demandaban; una faceta de este artista que está por estudiar, velada en un segundo plano por su actividad pictórica, en la que tanto destacó.

El paralelismo de que les hablé se da, incluso, en el acierto al crear símbolos que, aunque distantes en el mensaje, lograron conectar con la gente. Y si no piensen en la botella de Tío Pepe vestido de flamenco, obra de Paniagua, o en el Indalo de Perceval. Jesús no dejó jamás de prac­ticar la fotografía; imagino que lo mismo ocurriría con Cecilio en cuan­to a la acuarela y al dibujo. Los dos artistas jugaban con ventaja para ha­cer incursiones con éxito en sus res­pectivos campos. Sabían mucho de luces, de sombras y de composición. Quizás por eso congeniaron tanto.
José Luis Ruz

lunes, 5 de diciembre de 2011

PRESENCIA. POEMAS DE TRINA DE LA CÁMARA

Trina de la Cámara. Dibujo al grafito, del natural por José Luis Ruz. Almería ,1971

PRESENCIA. POEMAS DE TRINA DE LA CÁMARA

Introducción de José Luis Ruz al libro de Poemas de Trina de la Cámara Presencia, ed. Graf. Gutenberg, Almería, 1996.


"Trina de la Cámara escribe desde siempre. Desde que en casa le comenzaran a llenar de versos su infancia. De unos versos de los poetas de siempre, que doña Carmen, su madre, sabía como nadie sentir y recitar. Niña soñadora, creció feliz en la huerta familiar de los Cámara. Allí vivió su particular universo, rodeada de plantas, de animales, de una naturaleza por la que siempre sintió irresistible atracción y que está constantemente presente en su extensa obra poética, en sus relatos y cuentos.

Guía sus primeros pasos Sofía Nestares, poetisa granadina, pulcra y medida, que le corrige y orienta, tratando siempre de edu­carla en la métrica y en la ortodoxia rítmica. Pero Trina optará por una rima poética libre y personal. Buscará la inspiración en la lectura de San Juan de la Cruz, de Rabindranath Tagore y Juan Ramón Jiménez, dejando entrever en sus primeros ver­sos la influencia de Federico García Lorca, cuya lectura fue una de las primeras "desobediencias" a los consejos de Sofía, de la que -sin dejar de profesarle auténtica devoción- se fue apartando poéticamente.

Son los de Trina, versos llenos de ternura, entrañables y sen­tidos. Mientras unos reflejan pura mística, otros expresan el senti­miento de lo cotidiano. Algunas alegrías y las tristezas. La tristeza inmensa que desprenden sus versos ante la pérdida de su primogé­nita, o la de su anhelado hijo varón a solo unos instantes de su alumbramiento...

Amiga de poetas y escritores, ha compartido inquietud poética y amistad con Jesús Campos, Diego Fernández Collado, Carmen Gar­cía Bervel, José Andrés Díaz, María Yélamos, Antonio Manuel Campoy, gozando su obra de la estima y valoración de Sotomayor, Manolo el Pollero, Gerardo Diego y Lauro Olmo, al que, por cierto, oí un día comentar que no se explicaba cómo guardaba Trina, con tan raro celo, sus escritos. No sé qué timidez, qué extraña modestia, le ha llevado a mante­ner en la sombra, a velar, su capacidad creadora, algo a lo que sin duda habrá contribuido, también, la enorme personalidad de su céle­bre marido, Jesús de Perceval.

Repasando sus manuscritos, vemos cómo a veces ilustra sus versos con unos dibujos líricos, bucólicos, con escenas amorosas o maternales actitudes. Y es que Trina es, también, artista plástica. Otra faceta suya poco conocida, e igualmente oculta, que cuando, en raras ocasiones, ha salido a la luz ha sido altamente valorada, tal como sucedió cuando el hermoso dibujo que concurrió a la exposición nacional Corpus de Granada 1942, obtuvo, en reñida competencia, el primer premio y la medalla de oro.

Ahora, a hurtadillas, sin su consentimiento, su hija Carmen le publica el puñado de poesías que hemos elegido y que componen este libro. Para más adelante se prometen otras. Esperemos que entonces vean la luz con su beneplácito, pues no nos parece justo que nos prive de ellas. Que no nos escatime los frutos de su sensibi­lidad. Tal como ella misma, en uno de sus poemas pide al árbol:                   
        Deja sembrar tus hojas esparcidas,
        no quieras retener lo que te prestan
        que el árbol no es el dueño de la vida."




miércoles, 31 de agosto de 2011

CRESPÓN NEGRO EN EL CRISTO DEL AMOR




Trina de la Cámara en el taller de Jesús de Perceval


Artículo de José Luis Ruz publicado en La Voz de Almería, el 27 marzo de 2002.


CRESPON NEGRO EN EL CRISTO DEL AMOR

El pasado día 13 de marzo moría en nuestra ciudad doña Trinidad de la Cámara Montilla, Trina para los su­yos, Trina de la Cámara para sus mu­chas amistades. Y con ella se iba uno de los pocos testigos que van que­dando de los inicios iconográficos de la Semana Santa almeriense tal como hoy la entendemos y en particular de la gestación y nacimiento del Cruci­ficado que se venera en la iglesia de San Sebastián, salido de las gubias y la maestría artística de Jesús de Per­ceval, su marido.

A la sombra de su brillante com­pañero, la actividad artística de esta mujer queda velada, en un segundo plano que no por discreto resulta ni mucho menos irrelevante, pues fue  mucha su valía. Su indudable sentido artístico, su sensibilidad, quedan puestos de manifiesto con facilidad. Con nada que indaguemos en su quehacer nos apa­rece una consumada dibujante, au­tora de delicados dibujos de tema ge­neralmente bucólicos con los que con­forma un retrato un poco naif y bas­tante sincero de su tierra y de sus gen­tes. Con poco que busquemos halla­remos en ella, también, a una senti­da poeta...

Pero aún siendo estas actividades de Trina algo de lo que sería bueno ocuparse, parece ahora oportuno que estas pocas líneas sean dedicadas a recordar su colaboración con Jesús de Perceval en la Escultura, desde la época de juventud del artista en su primer estudio en la calle de Eduardo Pérez, allá por el inicio de los años 30, y luego en el que sería definitivo, en una casa de la calle Padre Gabriel Olivares, hoy dedicada al artista.

Se iniciaba la década de los 40. De aquella casa de la huerta de los Cá­mara, un legado recibido por Trina de sus mayores, como por encanto salen cum­plimentados infinidad de encargos; se suceden las imágenes, los retablos y los tronos que las enmarcan y pro­cesionan. Una labor enorme se desempe­ñaba en el taller de Perceval. Car­pinteros, doradores, tallistas, apren­dices, se afanaban en una labor co­mún con el que se logra revestir no pocos templos de la capital y la pro­vincia. En aquella labor, en muchas de aquellas realizaciones, aparece con frecuencia la mano hábil de Tri­na. En el dorado y policromado de la talla de la Virgen del Carmen, que pa­tronea a los pescadores desde San Ro­que, se hallaba aplicada la esposa del escultor cuando surge el encargo de un Cristo para San Sebastián.

El embarazo de su hija Carmen no le impide, en absoluto el ayudar a Je­sús en la ejecución de la talla, pri­mero en su calidad de crítica -que lo era, y aguda- y finalmente en la ela­boración del policromado y el acaba­do, en aquellos calurosos días de fi­nales de junio de 1945, del Cristo del Buen Antor. Un Cristo representado por Per­ceval en el momento de la Expiración, que habría de constituir uno de los más representativos de los cinco con que cuenta la iconografia del Cruci­ficado en la Semana Santa almerien­se, una talla en madera que acusa en su traza la influencia de otra de Alon­so Cano.
Un Jesús en la Cruz del celebé­rrimo escultor facilitado por la pro­pia Trina, que lo había recibido de sus ancestros de la ciudad del Darro, permitiendo de este modo tan direc­to hacer posible, a pesar de la dis­tancia en el tiempo, la influencia del granadino en la obra de nuestro es­cultor. En el trasiego de aquellos días perdió la antigua talla un par de dedos de sus magistrales manos, una mutilación que fue un tributo más, y doloroso, de Trina a la obra de su esposo.

Ayer martes procesionó con orgullo la Hermandad al Cristo del Amor. Cuando muchos ojos devotos repara­ron en el crespón, pocos sabrían que Trina de la Cámara contribuyó a en­carnar, a dar lustre, a la piel de la ima­gen en que se anuda. Pocos sabrían como en 1985 fue de luto por su mari­do, Jesús de Perceval, y pocos, también, recordarían que en 1997 llevaba la mis­ma señal luctuosa por la temprana de­saparición de Mari Paz, la menor de sus hijas...

Y hasta aquí estas cuatro líneas que relacionan a Trina de la Cámara con la imagen del Cristo del Amor. Quién sabe si el inspirador de aquel poema suyo con que en 1967 presentía su pro­pia muerte:
                                          
                                        Pero siento mi alma como fría,
                                        pero siento mi cuerpo como inerte
                                        y por eso; Señor, te pido ahora
                                        y por eso señor, te pido siempre."



miércoles, 27 de julio de 2011

CALLE REAL, CÁRCEL Y PATIO

Calle Real de Almería en 1905. La diligencia  de Adra, pasando por delante de la  portada..
                            

El edificio de la Bodega el Patio, que fue cárcel en el siglo XVIII, ha desaparecido bajo la piqueta. La especulación se sigue cebando con el barrio histórico.
    
Artículo de José Luis Ruz Márquez, publicado en la Voz de Almería 18 noviembre de 2007.

     "Han ido desapareciendo las señas de identidad de uno de los barrios antiguos peor tratados de España, se han ido borrado del centro histórico de Almería multitud de edificaciones que si no monumentos en si, si componían sumados un conjunto sin lugar a duda monumental como poseedor de una  indiscutible personalidad. Se ha producido una sustitución de arquitectura tan cutre y desastrosa, que a quienes no conocieron lo que el barrio fue, les cabe preguntarse ¿a quién se le habrá ocurrido poner aquí esta Catedral, este Hospital, este Liceo..?. De tal modo se han invertido las cosas que estos nobles edificios parecen ahora los intrusos, que están como de prestado, invitados de piedra -nunca mejor dicho- en este pobre festín, más que convite en que la especulación ha convertido el barrio histórico.

     En los últimos días de este verano asistimos a la despedida de la bodega El Patio. Despedida que no fiesta, pues a pesar del riego abundante con que se lubrificó el evento no dejó aquello ni por un momento de ser lo que era: un adiós, la despedida y punto final de un establecimiento popular y acreditado donde los haya, que se ha encargado de hermanar a tantos parroquianos del barrio que durante años acudían allí como un rito en busca de charla y comunicación al calor de los braseros de vidrio alimentados por un vino que unas veces era para llevar y otras para llevárselo puesto.

     Es realmente una tristeza su desaparición. Pero lo que no debemos es añadir a esta desgracia, una más. Es lógico que los negocios igual que en su día empezaron tienen al fin que acabar  Lo que ya no lo es en absoluto es que con su desaparición arrastren a otros “inocentes”, como es el caso de la portada de El Patio, la puerta de una cárcel que tuvo el honor de dar apellido a la calle Real -Real de la Cárcel- cuando lo necesitó para distinguirse de la nueva Real del Barrio Alto. Merecía sobrevivir una portada que desde el siglo XVIII ha visto entrar y salir penados, odres y garrafas, partir diligencias, carros y arriería y pasar generaciones de almerienses por la calle que en su día fue la arteria principal de la ciudad…

     No sabemos si se ha pensado integrar en la nueva edificación esta portada de piedra, obra de porte monumental con arco de medio punto flanqueado por dos columnas de orden corintio, labradas en una cantería vulnerable, sí, pero nuestra. No parece que esté incluida en el proyecto del edificio que se pretende, según el trato que se le ha estado deparando y anunciador exactamente de lo contrario: hace unos días las jambas de la portada fueron descantilladas a marro para dar paso a cualquier máquina de derribo. Así es que los síntomas no pueden ser peores, porque si se ha pensado en la conservación de este monumento no es esta, desde luego, la manera de que llegue lo más entero posible a ese momento.

     Pero sea como sea, si no está incluida su conservación debemos de exigir que se incluya. Es hora ya de dejar de actuar como si tuviéramos muchas cosas como esta para despreciar. Ahora tiene el Ayuntamiento la ocasión de reparar el desaguisado que permitió, omiso e indiferente, con la portada labrada y blasonada en piedra de la casa de Careaga en la plaza de su nombre, durante años mantenida en pie ante su solar, anunciando su integración, fingiendo su conservación, para acabar derribada y perdida para siempre.

     La puerta que dio apellido a la calle Real merece vivir, ser repuesta no sólo como recordatorio para tanto parroquiano desconsolado -con lo mucho de respetable que esto tiene- sino para todos los almerienses, para todos los vecinos del barrio que tendríamos que sentir los picotazos que sobre las jambas de la portada se dieron, como auténticas patadas en nuestras propias espinillas.

     El pasado día 7 ha sido demolida, hay que pensar que bajo la supervisión de los que deben; quiero creer que se han guardado cuidadosamente su piezas, que se van a conformar los promotores con las entrañas, el subsuelo, locales, pisos y retranqueos de El Patio –es decir, con todo- y que nos van a reponer, de consolación, su portada. Lo que no quiero ni pensar es en la maldición, en la venganza, que esta se tomará en el caso de ser ignorada, de no ser restaurada e integrada en la nueva obra: se regenerará como puerta carcelaria, volverá a su sitio y se cerrará para siempre con los especuladores, sus cómplices, los insensibles y los omisos dentro. Ya están advertidos; después, que no nos vengan con lloriqueos ni lamentaciones."



JESUS DE PERCEVAL, COMUNICADOR






Perceval en la Universidad; tras él, el pintor Gregorio Prieto y en primer termino Camón Aznar.
 


Artículo de José Luis Ruz Márquez, publicado en " 65 años Juntos 1839-2004". Ed. La Voz de Almería, 2004.


 
     "A cualquiera que repare en la produc­ción pictórica de Jesús de Perceval (Almería 1915-1985) se le pone de manifiesto cómo el trabajo realizado por el artista, desmintien­do la cantinela de algunos mediocres, fue enorme. Qué duda cabe que podía haber sido mucho mayor de no haberla simultaneado con la talla y la escultura, con el dorado, con la restaura­ción, con la arquitectura decorativa, con la investigación histórica y arqueológica.
     Y es que nuestro artista no podía quedarse en la mera especialidad, en la Pintura o en la Escultura, un mundo maravilloso, pero limitado como todos, por lo que extiende su interés por otros campos, convirtiéndose en maestro apasionado en muchas otras artes. Un auténtico renacentista, a la búsqueda de todas las técnicas y de todos los conocimientos.
     Pero no van a ir por los derroteros de la Pintura, del Arte, estas líneas, porque ahora, más que nunca, parece obligado referirnos al Jesús de Perceval comunicador cuando se cumple el 65 aniversario del nacimiento de este periódi­co, de cuya gestación, parto y primeros paso fue testigo excepcional e ilusionado.       .
     Porque maestro fue en la capacidad de ilusionarse no sólo con sus propios proyectos, sino con los ajenos, oyendo a sus autores con atención -pues sólo era física su sordera- aportándoles ideas y evitando siempre la caída del pro­yecto en el olvido. Yo mismo soy testigo -y beneficiario- de ello. Estar junto a él era la garantía de la inquietud, la expectación ante la inesperada salida siempre positiva y enriquecedora. Su lucidez y cla­ridad de ideas, su memoria selectiva y su sim­patía, multiplicaban el valor de su compañía que él se encargaba, con su talante hospitala­rio y acogedor, de poner fácil a cualquiera que llamase a la puerta de su estudio.
     Sólo los menos avisados entendían como simple provocación su interés por la polémica, cuando lo realmente pretendido era el incitar con aquellas serias bromas a la confrontación precisa de la que surgiera el debate. Nunca su agudeza, su ironía la puso al servicio de la mala fe, pues era Jesús también en lo personal bue­no, que es doble mérito cuando la bondad parte de un inteligente.
     Apasionado por el pasado de Almería, sus opiniones más o menos ortodoxas, pero siempre inteligentes, le valieron de muchos el calificativo de fabulador que lejos de resultar negativo constituyó siempre un halago para su personalidad, pues ¿qué sería del artista, del auténtico creador, sin su buena dosis de fabulación?  Era enorme su capacidad de creación en multitud de campos, una capacidad apoyada en una base histórica cierta e inteligente, con la que unas veces asentaba a los árabes neoplatónicos en una barriada de Gádor; hablaba de un hipotético descubrimiento de América por parte de unos marinos califales de Pechina, ponía a Ulises navegando por las costas de Almería, se traía a los emisarios de los Reyes Magos a Rodalquilar en busca del oro con el que presentarse en el portal de Belén, cuando no sepultaba a San Valentín, patrón de los enamorados, bajo las naves de la Catedral, o encendía mila­grosos fuegos en Laroya.
     Y con ser esta inventiva admirable, se quedaría en un simple ejercicio de ingenio de no haber constituido en muchísimos casos los cimientos de lo que hoy constituye la Almería moderna, en cuya conformación podría decirse que es om­nipresente la presencia de sus ideas
     Su inmenso amor por Almería le condujo a una preocupación obsesiva: por el pasado de la ciudad, desarrollando con ella un gran olfato his­tórico. Un olfato que le llevó, por ejemplo, a ser el primero en tratar de dar a la intentona libe­ral de los Coloraos una explicación documen­tada, hasta entonces limitada a la que hacía el mero relato del suceso, y que hoy constituye un polémico referente histórico de dominio públi­co.
     Su fascinación por la fotografía a lo largo de to­da su vida artística, desde los años veinte en que se inició de niño de la mano de su amigo Cecilio Paniagua, luego excelente director de fotografía cinematográfica, le puso en contacto temprano con el cine, realizando los documentales de guerra en Madrid -Madrid, sufrido y he­roico- en el frente de Guadarrama, en Valencia, y en Almería, rodando con guión de Sobrado de Onega el documental Mojácar, donde por vez primera se recogieron para el cine los montes de Tabernas, en 1939, cuando aún faltaban mu­chos años para que en aquellos parajes se ro­dara la primera película del Oeste.
     Divulgador de Mojácar, ciudad que siendo mu­chacho le descubrió Juan Cuadrado, inspira­dora de muchas de sus mujeres de encáusti­ca, semiveladas, cargadas de cántaros y misterio, y que hoy constituye todo un referen­te turístico, a la que llenó unas veces de humo -la cuna de Walt Disney- o de realidades: la lucha por el Parador Nacional..
     Su vocación mediterránea le hizo concebir el proyecto de Universidad del Mediterráneo con la pretensión de aglutinar con ella a los pueblos de su ribera alrededor del Estudio, como ahora va ha ocurrir en torno al Deporte...
     Y así tantas otras cosas y, sobre todas ellas, el Indalo, adoptado sin discusión, como si el pue­blo lo supiera emanado de la esencia de la pro­pia tierra, un acertado símbolo dotado de vida por nuestro polifacético artista.
     Estamos, pues, ante un personaje genial e irre­petible al que quizá su ciudad no haya hecho aún la justicia que merece. Las recientes expo­siciones de Dibujo y de Pintura son las dos úni­cas espinas sacadas, por ahora, de su memoria. A juzgar por el mucho tiempo transcurrido, el viento habrá llevado muy lejos las promesas de Casa Museo y de Monumento para un artista que ha incorporado, con el suyo, el nombre de Almería a la Historia del Arte. Una actitud poco generosa para con alguien que se entregó a su tierra natal como lo hizo Jesús de Perceval, siempre con generosidad plena y muchas veces entre incomprensión y soledades, como en aquellos días secos y pobres, en que lo encon­tró el poeta

                                   Allí [...] solitario, solihambriento,
                                   dando norma al color, medida al viento".










                                            

lunes, 25 de julio de 2011

LOS INICIOS DEL AUTOMOVILISMO EN ALMERÍA

Breve reseña de las veite primeras matriculaciones. Artículo publicado en la revista de la II Ruta Club de Automoviles Antiguos. Almería, Agosto, 1991





     "Cuando en julio de 1900 se recibe en las oficinas de Hacienda una circular explicando el modo de incluir a los propietarios de coches automóviles como tributarios por el impuesto de lujo, la prensa local se hace eco de la comunicación, pero más realista que la previsión oficial con los pies bien puestos en la tierra almeriense, escribe ironizando: '”para que esta disposición pueda cumplirse en Almería tienen que pasar días... y que venir automóviles". Pero los autos no venían.
      El automovilismo era, como se decía enton­ces, un “sportcarísimo y elitista que trataba de abrirse paso con muchísima dificultad. Y es que ni la sociedad ni la economía almerienses de la  época, estaban como para ocuparse del deporte. Llenar lo necesario ya era mucho. Nada existía con ruedas que se sustrajera a lo práctico: los coches de caballos cumplía como taxis, los carros de mulas atendían el comercio, las carretas de bueyes se encargaban de las mercancías más pesadas, las tartanicas de El Alquián trasladaban viajeros de corto recorrido, las diligencias de Poniente y de Levante unían la capital con sus pueblos más lejanos y el tren, desde hacía poco más una década, se encargaba de satisfacer itinerarios más ambiciosos.
     Coches, carros, carretas, tartanas, diligencias, arriería y ferrocarril satisfacían, pues, el transporte sin otras metas que la mera utilidad. Deporte, no se ejercitaba sino en las temidas bicicletas, introducidas una década antes por don Carlos Jover, el "sportman", el deportista propietario del balneario Diana; una modalidad que raro era el día que no arrollaba media docena de personas, cuando convertían el Paseo en su particular velódro­mo.
     El Paseo del Príncipe Alfonso, era, como hoy con el nombre de Almería, la arteria principal de la ciudad; lugar de encuentro de la población y en el que, inevitablemente, tenían lugar los acontecimientos, buenos o malos pero siempre escasos, que rompían la existencia monótona de un tranquila ciudad de poco más de cuarenta mil habitantes…
     El 21 de noviembre de 1900, miércoles, se presenta como un día más. Con un ritmo hasta ahora desconocido se deja oír un sonido rítmico y extraño y el Paseo se paraliza, se petrifica. Cesan los juegos de la chiquillería, se detienen las bicicletas, apuntan las orejas los caballos de los coches de punto, los parroquianos salen de los cafés y, en los balcones, las amas de casa con las narices pegadas a los vidrios de los balcones, se preguntan: Pero  esto, ¿ “qué e lo que é”?....
     Paseo arriba sube un automóvil. “Se trata – según describe uno de los admirados testigos del evento- de un aparato de cuatro ruedas que en su parte delantera lleva un asiento en forma de butaca donde va la persona que para nada se entromete en la dirección del automóvil, mientras éste está al cargo exclusivo de la que, montada en un sillón como en las bicicletas, rige el aparato, yendo detrás del primer asiento”. Cuando el artilugio que ostenta la marca Marot y Gardón, de París, detiene su marcha, la gente se agolpa a su alrededor y lo contempla admirada mientras escucha atenta y embobada de boca de don José García Peinado, su conductor y representante de la fábrica, toda clase de pormenores. Desaparecido el extraño carruaje, quedan en el Paseo corros de gentes comen­tando sus características: su velocidad tope, demoníaca, de 46 kilóme­tros por hora; el consumo de dos reales de esencia de petróleo; su marcha, “tan suave –cuenta un privilegiado que lo ha probado- que si no fuera por la desigualdad del piso, creyera el viajero ir en ferrocarril"…
     Al día siguiente acabaron por verlo haciendo el mismo recorrido quienes se lo perdieron el anterior. Días y días  fue el coche objeto de sabrosos comentarios.
     Lo que ocurrió con este Marot y Gardón, venido -como los auténticos bebés- de París es todo un misterio. A pesar de tan largo viaje no parece que pasara de las manos del representante. A  los 2.500 francos que había que desembolsar para hacerse con él, se unía el rechazo y la desconfianza que suele despertar en el humano todo lo que significa revolución y progreso, máxime si intuye que va en serio. Así es que no estaban los almerienses por la labor. Ni los almerienses ni nadie… y si no, vean, como muestra, qué lindezas le dedicaba el poeta en la prensa a un recién nacido vehículo de 60 caballos:
     En los siete años que median entre la llegada de este Marot en 1900 y la primera matriculación en 1907, fueron poquísimos los vehículos de motor que rodaron por Almería. Borrosa constancia hay de la existencia de un primitivo vehículo de tres ruedas, propio de don Ramón Orozco Cordero, así como de otro de similares características traído por don Herman Frederik Winslow Fischer, emprendedor cónsul de los países escandinavos, como un adorno más de su hermosa casa, la que hoy alberga la Delegación de Educación y Ciencia: el cortijo Fíche, Vilche, del Gobernador o de Santa Isabel que de todas estas formas han ido conociendo los almerienses a este modernista palacete.
     Así andaban las cosas hasta que en 24 de mayo de 1907 una Real Orden establecía la obligatoriedad del reconocimiento de conductores y vehículos y, al poco, la matriculación de estos. Una simple autorización municipal había bastado hasta entonces para circular, por lo que hay que pensar en la existencia de -además de los citados de los Sres. Orozco y Fischer- algún que otro coche en Almería o su provincia, suposición reforzada por la petición de permiso gubernativo que en agosto de aquel año -unos meses antes de la primera matricula­ción- hace don Domingo Bartolí para poder circular con dos vehículos marca Berna.Nunca sabremos por qué estos dos Berna no llegaron a circular y detentar las matrículas AL-1 y AL-2. Tal vez el Sr. Bartolí optara al final  por matricular sus coches en otra provincia de carreteras más dóciles y practicables.
     La extensa lista de vehículos que se ha ido formando en Almería con en el transcurso del tiempo, se inició con unos variopintos automóviles; la mayor parte de marcas raras y de cortísima vida. De los matriculados entre 1907 y 1909 -es decir de una veintena- voy a tratar de hacer su lejana biografía con brevedad aunque con el cariño y el respeto que merecen los abuelos, ancestros del parque automovilístico que hoy enorgullece a los almerienses.
     AL-1. Matriculado en 20 de diciembre de 1907. Un turismo Aries de 24 HP y consumo de otros tantos litros de gasolina, con carrocería limusina, inscrito a favor de don Luis Lardón de la Sernne, un vecino de Granada, que lo dedicó a su servicio particular. De vocación emigrante consumió sus primeros años en aquella capital y de allí fue a parar en 1921 al pueblo jiennense de Castillo de Locubín, donde estuvo en propiedad de don Antonio Castro hasta 1925 en que fue inscrito a nombre de don José María Álvarez.
     AL-2. Matriculado en 3 de enero de 1908 por don Rafael Joya Manzano. Se trataba de un Gobron-Brillié, turismo doble faetón de 25 HP y de fabricación inglesa. Llegado a Berja el 16 de enero -como un auténtico regalo de Reyes- fue el primer automóvil que rodó en aquella localidad. Cuando don Rafael, ataviado con gorro, gafas y guardapolvo, hizo su entrada a bordo de aquel artefacto, se asombró la gente, se espantaron las bestias y los chiquillos siguieron alborozados su trayectoria hasta detenerse ante su casa en la calle del Picadero, donde fue recibido por familiares y amigos. Al ponerlo de nuevo en marcha el auto soltó tres sonoros pistonazos que alarmaron a la madre de don Rafael: "Ay, Rafalito por Dios, que me tiras la casa". Dio el coche un servicio regular, por no decir malo; hasta resultaba rara la vez que del propio pueblo al cortijo de Balsa Grande, a poco más de tres kms. no presentaba alguna avería. Al-3 y AL-4.
     Dos locomóviles a vapor John Fowler, de fabricación inglesa; desembarcados a primeros de abril de 1908 en la estación férrea de Albox-­Almanzora, quedando matriculados en Almería el día 6 del mismo mes a nombre de don José Rivas Massegur propietario de la Compañía Madrile­ña de Minas. Estuvieron dedicados al transporte de mineral de hierro desde la mina Mi Modesto, enclavada en término de Cóbdar, al ferrocan1, pasando por las ramblas de Chercos, Líjar, Cóbdar y Albanchez y las ramblas de Comares, Los Plantones y Calderón. Estos dos, fueron los primeros vehículos de vapor que transportaron mercancía en nuestra provin­cia, vehículos se entiende autónomos, sin el corsé que los raíles imponen al ferrocarril, que en estos días, precisamente, ha visto aumentado su parque con dos flamantes locomotoras: la “Nacimiento” y la “Andarax”, traídas de Bélgica por la Compañía del Sur de España.
     AL-5 y AL-6. Otros dos vapores ingleses John Fowler, adquiridos por la compa­ñía Spanish Marble Limited, matriculados en mayo y junio de 1908. El primero vino por abril de aquel año y a la espera de obtener la oportuna licencia fue encerrado en una cochera próxima a Albanchez, pero la impaciencia sacó el locomóvil de allí y la ley no tardó en sancionar a la compañía con una multa de 50 peseticas de entonces. El otro auto se matriculó en 6 del mes siguiente. Estos autos fueron protagonistas en 1909 de un aparatoso accidente, cuando el primero rompió frenos y se lanzó por el collado de Los Molinos, estrellándose con el otro que le precedía, destrozán­dose ambos e hiriendo gravemente a uno de los conductores.
     AL-7, AL-8 y AL-9. Matriculados en mayo de 1908, estos tres primeros camiones venidos a Almería, eran tres ómnibus Vitrac Dugelay, de 24 HP y fabricación inglesa. Los vehículos aunque pertenecientes a la Spanish Motor Transport, con sede en París, fueron registraron a nombre de don Francisco Lázaro Ruiz, gerente y representante de la empresa a la que había convencido para que iniciara su actividad en Almería, guiado por el afecto que profesaba a su tierra de origen. Con aquellos vehículos -llegados el 6 de mayo al puerto, a bordo del vapor Cabo Roca- vinieron los primeros coches de línea a Almería. Aquellas diligencias automóvi­les, capaces para 17 personas y 600 kg. de equipaje y encargos, van a comenzar sirviendo el trayecto de Almería a Berja por Adra; 60 kms. Que se cubrirán a una media de 20 kms/hora para evitar toda clase de incidentes.
     El establecimiento de esta línea había creado enorme expectación. Muchos de los viajeros que diariamente llenaban las dos diligencias que venían de Poniente, suspiraban por ella, sin importarles las siete pesetas que habrían de satisfacer por el recorrido.
     A las 8 de la mañana del martes 12 de mayo se realiza el viaje inaugural a cargo del AL-6 que sale trepidante de la estación-garaje establecido por la compañía en un solar del nº 1 de la calle de Sagasta, hoy General Tamayo. En el automóvil viajan el ingeniero jefe de Obras Públicas, don Ignacio Toll, el ingeniero director de las Obras del Puerto,­ don Francisco Javier Cervantes, los ingenieros Gómez, Molero, Pírez y Donoso, así como don Francisco Lázaro y el barón Edg de Marcay, gerente y consejero, respectivamente de la Spanish Motor Transport.
     A las 11,20 de aquella mañana tiene lugar la llegada a Berja, en cuya plaza un inmenso gentío recibe sobrecogido el novedoso vehículo. Entre parabienes, saludos y felicitaciones, almuerza la expedición y toma café y copa en el casino, lugar del agasajo. A las 5 de la tarde, vuelve a trepidar el motor del vehículo iniciando el retorno a Almería a donde llegar a las 8,30 de la tarde. Todos se felicitan por el éxito y celebran la pericia de los choffeurs, monsieurs Wolft, Monssy y Moquetier quienes han conducido por turnos y soslayando con acierto los muchos obstáculos de la ruta.
A los dos días hacen el viaje inaugural, de prueba, por la carretera de Granada hasta el sitio de Los Imposibles. El trayecto, de 25 kms. se ha cubierto en una hora y cuarto; en las cuestas del camino -mucho mejor que el de poniente- el automóvil ha subido las pendientes a una velocidad de 35 km./hora. Al regreso descansa la expedición en Gádor y entra en Almería en una hora y cinco minutos.
     La euforia creada por estos viajes es apagada por la multitud de problemas surgidos, agigantados por el pésimo estado de las carreteras y por las desavenencias en el seno de la propia empresa, cuyos directivos acaban por cesar a Lázaro. Aquellos autos que iban a enlazar Almería con Berja, Adra, Huércal-Overa, Vélez Rubio, Cuevas, Vera... terminan con­vertidos en coches de una línea interurbana -la primera que existió en Almería- que por 15 céntimos trasladará durante todo el verano de 1908 infinidad de pasajeros desde la Puerta de Purchena, con paradas en la Puerta del Sol y plaza Circular, a los baños del Recreo, cada hora y de 5 de la madrugada a 7,30 de la tarde; así como a la estación del Ferrocarril y a la plaza de toros los días de corrida.
     AL-10.Un turismo Berliet de 40 HP matriculado en 6 de mayo de 1908 por don Francisco Javier Cervantes, ingeniero director de las Obras del Puerto de Almería y el primer automovilista auténticamente deportivo de la ciudad. Con este Berliet se convirtió don Francisco Javier en el primer accidentado por auto en la historia de Almería, el 22 de junio de aquel año cuando circulando a más de setenta kms. por hora no pudo esquivar una curva en las proximidades de Berja, estrellando el vehículo contra el talud de la carretera, siendo despedido tanto él como su ayudante con tremenda violencia; salvo heridas de poca importancia ambos resultaron mejor parados de lo que era de esperar. El coche por sus muchos desperfectos quedó en aquella población y sus ocupantes tuvieron que cambiar de "caballos" y retornar a Almería en la diligencia. La afición del Sr. Cervantes al automóvil no disminuía por estos contra­tiempos. Usaba continuamente el coche. Y estaba al tanto de las novedades que en este campo se producían. Afición y economía le permitieron en 1909 la adquisición de un doble faetón Hispano Suiza de 16 HP y en 1912 la de un hermoso torpedo de tres plazas y 45 HP también de la misma marca.
     AL-11. Un Hispano Suiza tipo turismo doble faetón de 20 HP, matriculado en 29 de octubre de 1908 por don Adolfo Viciana Viciana, quien lo tenía en su poder desde aquel mismo verano, sin utilizarlo por carecer de permiso gubernativo de conducir. Don Adolfo debió adquirir interés por el naciente automovilismo en los años de su juventud, cuando vivió en Inglaterra, enviado por su madre a adquirir conocimientos relativos al negocio uvero.
     AL-12. Un Cotterosu, turismo de 12 HP, matriculado en 2 de febrero de 1909 por don Arturo Lengo Parras, vecino de la localidad de Garrucha, donde tuvo varios años la representación consular de Italia.
     AL-13, AL 14, AL 15, AL 16 y AL-17. Cinco camiones ingleses Eveling Porter matriculados entre mayo y agosto de 1909 por la Spanish Motor Transport. Fueron fabricados en Rochester y eran locomóviles de 25 HP adaptados para el transporte de mineral de hierro y barriles de uva con una capacidad máxima de diez toneladas. Curiosamente cuando la empresa anuncia sus servicios, ya muestra la preocupación por el medio ambiente al prometer que cuando sea mineral lo que trasladen al puerto, irán los autos tapados para evitar el polvo que hasta hace muy pocos años fue pesadilla rojiza de los sufridos moradores del barrio de la Ciudad Jardín.
     AL-18. Un Clement-Bayard, turismo doble faetón de 18 HP, matriculado en 5 de agosto de 1909, por don Ramón Orozco Cordero. La tradición familiar relata un percance que le ocurrió en el primer viaje, cuando asombró a las bestias de un convoy de carros, algunos de los cuales volcaron; los carreros rodearon el coche amenazando a don Ramón con las varas de sus látigos; sólo la habilidad del conductor con el arte de la esgrima le permitió salir ileso del trance, al usar como florete su bastón de paseo con tanta  eficacia que cabe pensar si sería de estoque.
     AL-19 y AL-20. Fueron otros dos Eveling Porter, matriculados en 15 de agosto de 1909, por la empresa Spanish Motor Transport, al comprobar con satisfac­ción como estos camiones eran aceptados por el comercio y la industria, por ser mas rápidos y económicos que los carros que lentamente y en intermi­nables filas, bajaban al puerto el mineral y la uva de embarque. Como contrapartida a sus ventajas, no faltaba quien ponía el grito en el cielo acusando a estas pesadas y antiestéticas -verdaderamente eran feísimas- máquinas, de dedicarse a destrozar el adoquinado de las pocas calles que por entonces lo disfrutaban.
     Y hasta aquí las breves notas biográficas de los primeros veinte vehículos que pasearon la matrícula de Almería. Modesto homenaje que en la distancia le dedico -le dedicamos- cuantos amamos la mecánica añeja.
     Lamentablemente ninguno de los reseñados queda, que yo sepa, con vida. Es una lástima. Habremos, pues, de conformarnos con pensar que sus “espíritus” perduran entre nosotros. Cuando los participantes en esta II Ruta paseen sus vehículos por las calles y carreteras de Almería, tengan la seguridad de que, ocultos por la hojarasca del tiempo, muchos faros de carburo les estarán, alegres y satisfechos, observando.
José Luis Ruz"